Miró la hoja donde ella había escrito, examinando cada letra una por una, amando las similitudes y diferencias entre éstas, recordándola y buscando algún rastro de ella. Encontró lo que buscaba en una de las puntas, la cual se hallaba extrañamente doblada, o más bien, parecía enrollada, como presa de un ataque de nervios. Pensó que ella la había dejado así a propósito, para que él lo note, para que la recuerde, para unirlos por siempre. La punta doblada de la hoja sería su secreto, invisible o tal vez algo habitual para cualquiera, pero para él, significaba el poder ser protagonista de una historia en la que siempre quiso estar.
Todas esas ideas pasearon por su cabeza y hasta sintió vergüenza de sí mismo al pensar que las conclusiones que había tomado estaban siendo tal vez demasiado egoístas. No era nada más que la punta de una hoja. No, "no era una hoja, era la hoja de ella" pensó y esto cambiaba totalmente su significado y esa punta estaba ligada por naturaleza al papel, por lo tanto no era algo insignificante, era también de ella.
Pensó en el enorme universo que rodeaba al pequeño papel (que tantas veces le pareció gigante cuando la profesora dictaba y parecía no llenarse nunca) y lo detestó, no le encontró sentido a tan enorme e inútil espacio, deseaba que sean tan solo él, su papel y el recuerdo que este traía de ella. También pensó que mucha gente miraría aquella hoja y la depreciaría, la vería sólo como un papel más en el mundo, hasta llegó a sentir lástima por ese tipo de gente, la que no veía mas allá de lo que estaba enfrente de sus ojos. Odiaba la idea de que su hoja pasara a ser insignificante para otros, pero prefirió no detenerse mucho en ese tipo de trivialidades, pues nunca le importó mucho la opinión de los terceros y además, estaba demasiado ocupado deleitándose con las miles de probabilidades que había dejado de lado. No había lugar a dudas que esa punta era para él, después de todo, ¿por qué otro motivo alguien doblaría así una hoja? No se le ocurrió ninguno y eso le bastó para convencerse.
Por simple acto reflejo miró su reloj y con disgusto aceptó que todavía eran las tres de la tarde, porque, si bien no era hora para llegar del colegio, no le gustaba mucho estar en su casa, prefería estar afuera (o con su hoja). En realidad lo que más ira le produjo fue que el mirar la hora lo había sacado de la realidad, aunque, gracias a este sobresalto se dio cuenta de que ya se había pasado doce cuadras en el colectivo. Se maldijo a sí mismo de varias maneras y hasta maldijo a la hoja, pero después se arrepintió y le pidió formales disculpas, por más que en otro contexto le habría parecido estúpido.
Llegó a su casa y no se sorprendió al ver que no había nadie, era martes y la rutina obligaba a toda la familia a desprenderse de la calidez de la misma. Le gustó esa soledad, pues no debía dar explicaciones a nadie sobre el porqué de su tardanza. Antes de volver a sacar la hoja del bolsillo miró nuevamente su reloj, como preparándose para ver cuánto tiempo había estado fuera de su realidad y vio que la hora seguía siendo la misma. No se detuvo mucho a pensar el motivo, pues aquel viejo reloj se descomponía con bastante frecuencia (además fue bueno creer que todo el tiempo que había desperdiciado en lamentarse y llegar a su casa en realidad no había existido).
Se sumergió completamente en su mundo donde ella lo era todo y se dio cuenta de lo peligrosa que era su posición, pues siempre le habían dicho que era imposible tenerlo todo y esta vez ese todo estaba en sus manos. Se sintió como una deidad extraña e irresponsable y un miedo extremo se apoderó de él al darse cuenta de que cualquier error suyo podría terminar con la vida de ella y la de su hoja. Por lo tanto no lo dudó más, mentalmente la guardó y decidió nunca más tocarla, pero su cuerpo se negó a obedecerle y la guerra entre sus deseos y su razón terminó nuevamente en su reloj, donde la hora seguía siendo la misma.
Luego de unos momentos de lucha interna, la vencedora resultó ser su razón. En ese momento se dio cuenta que de tanto mirar la punta de la hoja nunca había visto lo que ésta realmente decía, sólo veía sus hermosos dibujos redondos, que tanto se parecían unos a otros.
Se vio a él mismo enfrentado a un papel que de a momentos parecía un espejo. La intriga que siempre tuvo por éstos se desvaneció, como si una revelación celestial le había concedido el deseo de conocer la verdad sobre este objeto centro de tantos estudios y ensayos. Encontró a la luna al recorrer por tercera vez la salida de ese laberinto de espejos y supo realmente lo que debía hacer. Abrió los ojos y leyó lo que tanto tiempo había estado evitando. Se encontró, tal como lo había pensado, con el final de una historia en la cual recién comenzaba a ser protagonista.
Hipnotizado casi por instinto, miró nuevamente la hora y esta vez ya no era la misma, pero cualquier preocupación estaba de más, porque el tiempo no era lo que le faltaba y lo que tenía en sus manos no era nada más que un simple papel, con una punta enrollada.
andrés b.